
There are people who believe that dinosaurs and men lived together, that they roamed the earth at the same time. There are museums that children go to in which they build dioramas to show them this and what this is, purely and simply, is a clinical psychotic reaction. They are crazy. They are stone cold fuck nuts. I can’t be kind about this, because these people are watching the Flintstones as if it were a documentary.
- Lewis Black sobre el Viejo Testamento.
- Lewis Black sobre el Viejo Testamento.
El bicentenario del nacimiento de Darwin necesariamente nos invita a reflexionar sobre temas de ciencia, razón y fe. Me parece impresionante que las asperezas entre la religión y la ciencia sigan siendo las mismas 200 años después. En el documental paródico de Bill Maher, Religulous, podemos ver esto claramente. Es muchísimo más fácil crear una religión que romper un paradigma científico, tanto más fácil que parece ridículo. El creacionismo es la astilla más molestosa seguramente en este tipo de discusiones y es motivo de risa para muchos de estos humoristas de estilo más irónico, como Maher, Black o Bill Hicks. El bicentenario de Darwin cumple un rol importante en este sentido y no solo en el ámbito científico, sino que exige revisar el impacto histórico total que sus descubrimientos tuvieron.
Lewis Black, en esa misma rutina, dice que él como judío jamás ha intentado interpretar el nuevo testamento, razón por la cual los cristianos no debieran hacer lo mismo con el viejo, porque lo hacen mal. En cierta medida estoy de acuerdo. No creo que se le deba obligar a nadie dejar de interpretar algo, pero sí creo que hay ciertas guías que han sido obviadas por la Iglesia Católica, y las demás que han ido brotando a lo largo de la historia (evangélicos, anglicanos, mormones, etc.) No puede ser que después de miles de años siga habiendo una lectura arbitraria y literal de la Biblia. Algunos pasajes son llamados metafóricos y alegóricos mientras que otros son tomados por verdad, sorprendentemente estos últimos son usualmente los más fantásticos. Peor aún si estos tienen que ir siendo acomodados a los descubrimientos y avances científicos y tecnológicos posteriores a la escritura. Se han entrevistado a fanáticos en el documental Jesus Camp que declaran creer que los fósiles y huesos de dinosaurios, o las evidencias de la evolución del hombre, han sido puestos y enterrados en la tierra por el diablo con el fin de confundirlos y alejarlos de su fe. Más peligroso aún es si el presidente reelegido de Estados Unidos cree en todo esto.
En cierto sentido, esta historia, que se ha leído y entendido literalmente por tantos siglos, es como la teoría de que extraterrestres construyeron las pirámides de Egipto o levantaron las piedras en Stonhenge o a los moais en Isla de Pascua. Esta necesidad de creer tanto en la intervención divina, más que fe, puede bien ser una negación obsesiva de lo que la naturaleza es capaz de hacer por su cuenta. Un miedo a saber lo que los elementos y nosotros mismos podemos hacer con nuestra propia vida. Un miedo que históricamente se ha dirigido a crear distancias entre los hombres mismos. Desde tenerle miedo a la otra tribu a tenerle miedo a ‘el otro’ como concepto: al fundamentalista de medio oriente, al negro, al latino y –con Darwin- a tener que identificarse en las raíces con un mono. El miedo que, en su cableado neurológico original, nos ayudó a mantenernos alerta justamente de ese otro más hábil y más fuerte que nosotros. Hemos subsistido, en gran medida, gracias a ese miedo. George Steiner dice del lenguaje en torno al otro que “Perduramos, perduramos creativamente gracias a nuestra capacidad imperativa para decir “no” a la realidad, para construir ficciones de la alteridad, de la “otredad” soñada, deseada o esperada con el fin de que nuestra conciencia las habite. En este preciso sentido lo utópico y lo mesiánico son figuras de la sintaxis”. Steiner nos explica cómo el lenguaje nos da la oportunidad de crear a nuestro entorno y a ese otro que nos rodea. El lenguaje, en definitiva, es el que nos permite ser Dioses de nuestra propia Biblia, nuestra ficción. El miedo masivo del cristianismo a enfrentar las evidencias científicas de la evolución biológica es, entonces, el miedo al derrumbe de un ideal fantástico, ficcional, literario.
El Origen de las Especies fue un libro en su época asequible a cualquier nivel de lector, aún lo es. Darwin, como muchos antes que él, indicó un camino por el cual podíamos seguir la pista y comenzar a entendernos mejor: de dónde venimos, por qué estamos acá y toda esa serie de preguntas milenarias. Las confrontaciones que pueda o no tener aún su descubrimiento con las creencias que nosotros mismos nos hemos tenido que inventar para poder existir, en cierto nivel, pueden ser evidencia amontonándose para darle la razón a él. No queda más que plantear la posibilidad de que eso a lo que Steiner llama utópico y mesiánico en el lenguaje tiene aún la posibilidad de dar un giro. Si en vez de defender la supuesta veracidad de un texto antiguo y a estas alturas ajeno, pudiéramos maravillarnos con el funcionamiento del mundo que nos rodea, quizás esa ansiedad por temerle al otro se acabaría. Quizás podríamos enfrentar el mundo actual como uno donde todos podemos sobrevivir sin tener que aplastar al más débil.
Lewis Black, en esa misma rutina, dice que él como judío jamás ha intentado interpretar el nuevo testamento, razón por la cual los cristianos no debieran hacer lo mismo con el viejo, porque lo hacen mal. En cierta medida estoy de acuerdo. No creo que se le deba obligar a nadie dejar de interpretar algo, pero sí creo que hay ciertas guías que han sido obviadas por la Iglesia Católica, y las demás que han ido brotando a lo largo de la historia (evangélicos, anglicanos, mormones, etc.) No puede ser que después de miles de años siga habiendo una lectura arbitraria y literal de la Biblia. Algunos pasajes son llamados metafóricos y alegóricos mientras que otros son tomados por verdad, sorprendentemente estos últimos son usualmente los más fantásticos. Peor aún si estos tienen que ir siendo acomodados a los descubrimientos y avances científicos y tecnológicos posteriores a la escritura. Se han entrevistado a fanáticos en el documental Jesus Camp que declaran creer que los fósiles y huesos de dinosaurios, o las evidencias de la evolución del hombre, han sido puestos y enterrados en la tierra por el diablo con el fin de confundirlos y alejarlos de su fe. Más peligroso aún es si el presidente reelegido de Estados Unidos cree en todo esto.
En cierto sentido, esta historia, que se ha leído y entendido literalmente por tantos siglos, es como la teoría de que extraterrestres construyeron las pirámides de Egipto o levantaron las piedras en Stonhenge o a los moais en Isla de Pascua. Esta necesidad de creer tanto en la intervención divina, más que fe, puede bien ser una negación obsesiva de lo que la naturaleza es capaz de hacer por su cuenta. Un miedo a saber lo que los elementos y nosotros mismos podemos hacer con nuestra propia vida. Un miedo que históricamente se ha dirigido a crear distancias entre los hombres mismos. Desde tenerle miedo a la otra tribu a tenerle miedo a ‘el otro’ como concepto: al fundamentalista de medio oriente, al negro, al latino y –con Darwin- a tener que identificarse en las raíces con un mono. El miedo que, en su cableado neurológico original, nos ayudó a mantenernos alerta justamente de ese otro más hábil y más fuerte que nosotros. Hemos subsistido, en gran medida, gracias a ese miedo. George Steiner dice del lenguaje en torno al otro que “Perduramos, perduramos creativamente gracias a nuestra capacidad imperativa para decir “no” a la realidad, para construir ficciones de la alteridad, de la “otredad” soñada, deseada o esperada con el fin de que nuestra conciencia las habite. En este preciso sentido lo utópico y lo mesiánico son figuras de la sintaxis”. Steiner nos explica cómo el lenguaje nos da la oportunidad de crear a nuestro entorno y a ese otro que nos rodea. El lenguaje, en definitiva, es el que nos permite ser Dioses de nuestra propia Biblia, nuestra ficción. El miedo masivo del cristianismo a enfrentar las evidencias científicas de la evolución biológica es, entonces, el miedo al derrumbe de un ideal fantástico, ficcional, literario.
El Origen de las Especies fue un libro en su época asequible a cualquier nivel de lector, aún lo es. Darwin, como muchos antes que él, indicó un camino por el cual podíamos seguir la pista y comenzar a entendernos mejor: de dónde venimos, por qué estamos acá y toda esa serie de preguntas milenarias. Las confrontaciones que pueda o no tener aún su descubrimiento con las creencias que nosotros mismos nos hemos tenido que inventar para poder existir, en cierto nivel, pueden ser evidencia amontonándose para darle la razón a él. No queda más que plantear la posibilidad de que eso a lo que Steiner llama utópico y mesiánico en el lenguaje tiene aún la posibilidad de dar un giro. Si en vez de defender la supuesta veracidad de un texto antiguo y a estas alturas ajeno, pudiéramos maravillarnos con el funcionamiento del mundo que nos rodea, quizás esa ansiedad por temerle al otro se acabaría. Quizás podríamos enfrentar el mundo actual como uno donde todos podemos sobrevivir sin tener que aplastar al más débil.
No hay comentarios:
Publicar un comentario