“…and now I have to write a show, so I thought, what do I want to say? What do I want to talk about? And I sat down at my desk and I’m starring at my desk and I thought… Wow that’s dusty”
- Ellen DeGeneres en su rutina sobre la procrastinación.
El epígrafe en este caso no sólo es sobre procrastinar sino que es evidencia de que cuando tengo que escribir, yo también lo hago. Hay una distancia tremenda entre decidir de qué escribir y escribirlo. Es un problema de geografía mental. Al terminar el primer párrafo generalmente el sentimiento es de haber tenido que tomar micros y buses, haber hecho dedo, tomado aviones y ferris, remado canoas y dado vueltas por cualquier lado. Nunca le hago caso a la agenda que me compro a principios de año. De todas formas, hay algo bueno de aplazar las cosas que importan y es que todo lo que estaba esperando en el estamento inferior de prioridades se lleva a cabo con meticuloso gusto. Mi relación con la escritura, entonces, se transforma en mi relación con ordenar el closet, con sacudir los dvds, con lavarle el plato a los gatos, con reorganizar el cajón de los remedios, con encontrar tiras de ibuprofenos vencidos, con pensar cómo es que no hice esto antes. Se transforma en volver a ver videos de stand-up comedy en los que recordaba haber escuchado algo sobre procrastinar.
Para los psicólogos muchas veces procrastinar es definido como un mecanismo a través del cual se lidia con la ansiedad de empezar o terminar cualquier quehacer o decisión. Estoy de acuerdo con ellos y creo estar al menos tratando de llegar a cierta identificación de las distintas etapas de mi propio auto-boicot con escribir, porque escribir me gusta, creo. Primero que nada me urge dejar establecido de antemano que facebook, tweeter y msn o el embobamiento que pueda producir mirar horas fotos ajenas en flickr, son recursos para principiantes. La verdadera tortura es cuando el computador entero está asociado a la culpa que da no hacer lo que te proponías hacer. Ahí es cuando el computador se apaga y el cielo es el límite. Yo admito haber ido a la esquina a comprar La Tercera, El Mercurio, Las Últimas Noticias, The Clinic y La Cuarta y haberme sentado a leer hasta la sección de negocios de cada uno de esos diarios un día antes de tener que entregar un ensayo. Y es que ‘sacar la vuelta’ puede sonar como una expresión demasiado inofensiva. The Catcher in the Rye, en ese sentido, me parece que podría considerarse una novela sobre sacar la vuelta. Sacar la vuelta hasta perderse de tanta vuelta. De esta forma, aplazar, está mucho más relacionado con el miedo y la culpa que con la flojera o la ley del mínimo esfuerzo. Sería increíble que una condición como esta se transformara en una preocupación más socialmente asimilada, como el alcoholismo o la adicción a los juegos de azar. Habrían sesiones de terapia grupal: “Hola, me llamo Paloma y hoy terminé de escribir la lista para el supermercado que empecé hace dos semanas” y aplausos.
La imagen de la musa inspiradora de los griegos en este contexto me parece casi de comedia à la Woody Allen. Me imagino a una mujer forrada en velos bailando alrededor mío mientras descarto calcetines huachos y a los demás los ordeno por color. Y bueno, no por nada las epifanías –es sabido– se tienen con mayor frecuencia durante actividades alejadas de lo que necesitábamos entender o hacer. Pero procrastinar no es eso para nada, porque, yo por lo menos, sé qué es lo que debiera estar escribiendo incluso mientras emparejo calcetines. Quizás lo único positivo de retrasar lo que tengo que escribir –aparte del buen funcionamiento de mi cajón de calcetines-, es que después, el proceso de escribir (si es que finalmente llega), es más preparado, más calculado.
Históricamente creo que las mejores cosas que he escrito han sido fuera del tiempo de entrega o para otra persona. Históricamente también, he leído y escrito el doble durante las vacaciones. Las posibilidades de ghost writer siempre me han atraído y quizás algo de eso haya en la opción de querer dedicarme a escribir guiones. Un profesor del diplomado de guión (en el cual también casi siempre entregué los trabajos atrasados) una vez dijo que un guión era un escrito para ser quemado, y es cierto. La escritura de guión presupone que no serás totalmente dueño de lo que sea que se haga después con lo que escribiste. Sólo pensar en esto me hizo recordar vertiginosamente que en educación básica hubo un año en que la profesora jefe nos dio permiso para empezar a usar lápiz a pasta. Ya no borrábamos tanto como en los años anteriores. Para todos fue una especie de hito y privilegio máximo pasar al lápiz Bic. Es más, la profesora aconsejó que usáramos lápices a tinta, porque era menos resbaladiza que la pasta. Ya con esa recomendación, para mí, la profesora le estaba predicando al coro. Eran demasiados los peligros, desde la implacable resistencia a la goma de borrar, hasta la cualidad resbaladiza que incluso entonces me sonaba a tragedia automovilística en la lluvia. Así de terrible.
De todas formas, esa ansiedad se disipa cuando de verdad terminas el primer párrafo. Más aún si te deja un poco contenta y muchísimo más aun si se lo puedes leer a alguien que esté. Así ya se puede pensar con más claridad. Ya no hay culpa ni terapia grupal ni –gracias a dios– sección de negocios ni mucho menos tragedia automovilística. Un neurólogo una vez me dijo que lo que podríamos llamar memoria RAM del cerebro se agota el doble cuando se vive sin tomar una decisión inminente. Que aun eligiendo la opción incorrecta nuestro cerebro se agota menos. Quiero decir que la ley del mínimo esfuerzo, la mayoría de las veces, para mí es todo lo contrario. Equivocarme con el lápiz Bic quizás sería más saludable. Retardar la escritura también puede que sea una opción equivocada, pero claramente no la más saludable. Lo cierto es que muchas veces no es una elección consciente.
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